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Capítulo 6
DOCTORES DE LA LEY
Alguien ha observado que Dios no nos ha llamado para ser doctores de la ley, sino amantes. Nosotros en la Iglesia de Cristo, hemos desarrollado algunos conceptos muy extraños en cuanto a la ley de Cristo. Parece que concebimos un sistema de ley mitad revelada, mitad oculta en biografías, hechos históricos, tratados, cartas personales y profecía. Pistas referentes a la ley se encuentran esparcidas en todas estas escrituras para ser descubiertas, reunidas e interpretadas por doctores estudiosos de la Palabra. No debemos confiar en nadie mas, se nos advierte, aunque sus talentos, educación y dedicación sean mucho mayores que los nuestros. Nosotros mismos debemos convertirnos en doctores de la ley. La deficiencia literaria o falta de educación académica no es excusa. Es como un rompecabezas de niños un laberinto. Si usted es suficientemente astuto, usted será uno entre la elite espiritual de quienes pueden avanzar en tal laberinto. Pero si usted da una vuelta equivocadamente, lo cual la mayoría de la gente religiosa probablemente ha hecho, entonces usted se encontrará una senda de castigo eterno. Tal es el veredicto que los doctores de la ley pronuncian cuando se ponen sus túnicas y se sientan en el trono de juicio contra todos los demás. La mayoría de los estudiantes mejor instruidos y sinceros, se pierden en el laberinto interpretativo, mientras que muchos otros individuos simples pasan desahogadamente para gloria eterna. Tal actitud hacia la interpretación, como la he descrito, nos ha sido inculcada en la mayor parte de este siglo. ¡Qué espantoso! ¡Qué triste! La mayoría de los discípulos de Jesús a través de los siglos ni siquiera han poseído una Biblia para estudiarla, y no la hubieran podido leer aun si hubiesen tenido una. Ellos no pudieron haberse convertido en doctores de la ley. Ellos tenían que depender de la lectura y explicaciones públicas. Seguramente ellos no entendían todo, y no todos entendían lo mismo. Pero esto no era necesario, a menos que su justificación dependiera de su apego a todos los detalles de una acta de decretos o código de leyes. Es aquí donde nos hemos desviado en nuestro laberinto y nos encontramos en callejones sin salida, sin poder alcanzar la meta. La interpretación legalista ha hecho una farsa de nuestro énfasis en estudiar la Biblia. El Domingo por la mañana, el auditorio se llena de personas que han estado estudiando por años y más años. Aún así dan los comentarios más simplistas y a menudo incorrectos, sin poder ponerse de acuerdo en muchos de los asuntos que enlistamos en el Capítulo Uno. En esta lección consideraremos tres maneras en que nos hemos desviado en nuestro enfoque hacia la interpretación del mensaje.
El enfoque legal Permítame ilustrar nuestro enfoque legal de la interpretación a través de esta descripción de lo que es el discipulado en Cristo:
Un discípulo de Cristo debe ser un hombre de fe y convicciones. Él debe amar a su esposa y a sus hijos y criar a sus hijos en la fe. Él debe proveer para su familia. Él debe pagar sus deudas, Él debe ser justo con sus empleados. Él debe amar a sus enemigos. Él debe leer la Biblia. Él debe reunirse regularmente y ofrendar cada semana. Las palabras que él habla deben ser propias de un discípulo de Cristo, etc.
Aparte de ser esta una descripción incompleta de un discípulo de Cristo, tal vez usted no vio ningún otro problema en este párrafo. ¡Pero no pudiera estar usted más equivocado! ¡Hay una o más faltas en cada oración! El discipulado no es solo para hombres; puede ser una mujer. La esposa y los hijos no son necesarios; una persona soltera puede ser discípulo. No necesita tener familia para la cual proveer y así calificar. Tampoco es necesario que él o ella tengan deudas, ni es necesario que tal persona pague deudas si está desempleada o incapacitada. Los enemigos no son necesarios para calificar. Él o ella no tienen que ser literarios o académicos, ni asistir a reuniones si están enfermos, etc. Sin embargo todas estas cualidades fueron enumeradas como un deber. Cada oración contiene uno o más errores, si usted ve este párrafo como una lista de especificaciones legales. Sin embargo usted entendió correctamente al interpretarlo como una descripción general del discípulo. ¡Cuán grande diferencia hace el enfoque legalista en la interpretación! El legalismo hierra en comprender el concepto general y enfatiza detalles arbitrarios, elevándolos a un nivel de cosas de vida o muerte. Esto da como resultado extremismo y controversias sin fin. Es un sistema estructurado en sí mismo como divisionista. Ahora, con lo anterior en mente, por favor lea la descripción que Pablo da referente a un anciano en 1 Tim. 3:1-7 y Tito 1:5-9. ¿No ve usted la descripción con un enfoque diferente? Ahora usted puede ver que Pablo solo estaba dirigiendo en la selección de hombres con madurez espiritual, reputación y habilidad de enseñar y ministrar para el bienestar de la congregación. El no esta dando una lista de requisitos legales. Cuando se propone establecer ancianos en una congregación, ¿Qué es lo primero que todos buscamos? Buscamos primeramente a hombres que tengan por lo menos dos hijos bautizados. En congregaciones un poco mas atrevidas, tal vez se conformen con que el prospecto tenga, por lo menos, un hijo bautizado en lugar de dos. Ahora considere lo siguiente: Necesitamos hombres con madurez espiritual, buena reputación y habilidad para dirigir y enseñar, que además tenga uno o más hijos bautizados. Es una buena idea ¿O no? En muchos casos hemos pasado por alto a hombres absolutamente capacitados solo porque no fueron bendecidos con hijos. Solo Dios sabe cuanto ha sufrido la iglesia a causa de nuestras ideas legalistas. Timoteo estaba en Efeso cuando Pablo escribió acerca de la clase de hombres que deberían ser puestos como obispos. Si Timoteo estableció obispos según las características mencionadas por Pablo, ¿Escogería él necesariamente hombres con hijos creyentes? ¡De cierto que no! El no recibió tales instrucciones de Pablo. Pablo había escrito Que gobierne bien su casa, teniendo a sus hijos sujetos con toda dignidad; pues si un hombre no sabe cómo gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la iglesia de Dios? (1 Tim. 3:4-5). Nada se menciona acerca de hijos creyentes. Usted tal vez querrá recordarme que Pablo estipuló a Tito: que tenga hijos creyentes (Tit. 1:6). Es verdad, pero Timoteo no tenía esta carta. Evidentemente, las cartas a Timoteo y a Tito fueron escritas mas o menos al mismo tiempo. Timoteo estaba en Efeso y Tito en la isla de Creta. Timoteo no tendría razón, ni podría hacerlo, de llamar a Tito por teléfono para comparar las descripciones. El no podía haber compilado las dos descripciones. El no necesitaba hacerlo. El no era un legalista. Las dos descripciones no son sinópticas, como las biografías de Jesús; ni eran listas de decretos legales, de ser así, ambas listas necesariamente tendrían que ser idénticas. Trate de comparar los detalles en dos columnas y verá cuan diversas son. Aún así, Timoteo y Tito podrían reconocer en forma general el tipo de personas que Pablo estaba caracterizando. Seguramente, si un hombre tuviese hijos desobedientes o rebeldes, esto lo descalificaría. El hecho de que haya tenido dos hijos jóvenes obedientes, que vivieron bajo su instrucción y autoridad desde que nacieron, no significa que sepa como dirigir una congregación compuesta por una multitud de adultos. Pudiéramos encontrar más seguridad, si el prospecto fuere exitoso en sus negocios. Cuando habla de su casa, evidentemente incluye a sus sirvientes. Esa era su ocupación de gobernar. El manejar bien su negocio/casa, demostraría su habilidad para tratar eficazmente con la gente. Es muy riesgoso escoger a hombres que no tengan hijos, alguien advertirá. ¿Cree usted que Timoteo hubiera considerado un riesgo las instrucciones de Pablo? Es más riesgoso omitir a una persona que tiene la capacidad de dirigir la congregación efectivamente y escoger en su lugar a un dirigente inepto que tiene dos hijos. La iglesia ya ha sufrido suficiente a causa de prioridades fuera de balance basadas en interpretaciones legalistas.
Inconsistencia Otra debilidad interpretativa, es nuestra falta de consistencia en aplicar las mismas reglas y principios a casos similares. Yo recuerdo cuando era joven, la controversia del cabello corto. Las mujeres habían comenzado a cortarse el cabello, y eran lo suficientemente atrevidas para adorar a Dios sin un velo esto es sin un sombrero. Fuera de nuestra religión, las mujeres dirigían en servicios públicos enseñando y predicando. En la Iglesia de Cristo habían comenzado a enseñar en clases. Muchas discusiones ocurrieron entre gente devota que quería estar bien con Dios por sobre todas las cosas. Con el tiempo, vinimos a aceptar una interpretación de 1 Cor. 11 basada en costumbres. Considerando la cultura en Corinto con sus sacerdotisas prostitutas sirviendo en el gran templo pagano, pudimos entender por qué Pablo les prohibió quitarse el velo y cortarse el cabello como aquellas sacerdotisas. Ahora las circunstancias y las costumbres han cambiado de manera que el velo o lo largo del cabello no tienen el mismo significado. Nosotros entendemos que las costumbres concernientes a la vestimenta no son aplicables a todos los tiempos y lugares. Esa es una interpretación sensible. No demanda detalles arbitrarios. Sin embargo, cuando llegamos a 1 Cor 14, repentinamente abandonamos el sistema anterior de interpretación. El silencio de la mujer se convierte en una ley irrevocable, universal y arbitraria, aun cuando Pablo le da a la mujer la prerrogativa de orar o profetizar (enseñar) públicamente en el Capítulo 11. La ciudad, la gente, las circunstancias y las costumbres son las mismas. La única diferencia es que en una parte se refiere al velo y en la otra se refiere al abuso del privilegio de enseñar públicamente. Pablo apela a los principios más altos para mandar la práctica del velo y prohibir el enseñar. ¿Acaso podemos decir que hemos sido consistentes aplicando las mismas reglas bajo circunstancias similares? La instrucción de saludarnos con ósculo santo es muy sencilla, y se repite cinco veces (Rom. 16:16; 1 Cor. 16:20; 2 Cor. 13:12; 1 Tes. 5:26; 1 Ped. 5:14). Nos sentimos confiados cuando sustituimos este mandamiento por un método que lleva el mismo fin. Así que nos damos la mano en lugar de un beso. ¿Acaso podemos hacer esto consistentemente cuando rehusamos cualquier alteración al método por el cual se expresa el bautismo? Nuestra sepultura en Cristo es figurativa. Hemos sido sepultados con Él (Rom. 6:4; Col. 2:12). Es probable que usted visualice a Jesús siendo sepultado simbólicamente en el bautisterio con el candidato, pero Jesús no es sepultado con nosotros; nosotros somos sepultados con Él. Jesús fue sepultado, no en agua, sino en una tumba cavada en la roca. En el bautismo, simbólicamente, uno es transportado en tiempo y espacio, y es sepultado juntamente con Cristo en el lugar donde se llevó a cabo nuestra redención. Así que la sepultura es en la tumba. La acción del bautismo simboliza precisamente eso. Para millones de personas el ritual de sumergir, mojar o rociar con agua simboliza tal acción. Estos puntos concernientes al bautismo, son hechos, no para convencerle de la validez de sumergir la cabeza, mojar o rociar como bautismo, sino para hacernos menos dogmáticos hacia quienes están convencidos de que tales formas son expresiones aceptables. Nos provoca incomodidad el ver nuestras inconsistencias.
Escolasticismo A través de los primeros siglos, la iglesia Católica, pretendiendo autoridad, agregó muchas prácticas sin fundamento en las Escrituras. Después, los reformadores buscaban autoridad escritural para todas sus prácticas. Y como una forma de defender sus prácticas, emplearon el escolasticismo. El escolasticismo fue un esfuerzo para probar con la Biblia aquellas cosas que ya habían sido aceptadas y practicadas tradicionalmente. Este mecanismo se usa mucho, permitiéndonos escudriñar las Escrituras, tomando pasajes, y acomodándolos de acuerdo a la necesidad. Textos de prueba son tomados fuera de su contexto y aplicados en un sentido que apoyen algo que el escritor no tenía en mente al escribir. Los textos son forzados a probar demasiadas cosas. Nosotros en la Iglesia de Cristo, hemos denunciado a otros por esta práctica, mientras que nos cegamos al hecho de que somos los principales culpables. Sólo usaré una ilustración de este defecto interpretativo usado por los doctores de la Palabra. De acuerdo a los escritores seculares de los primeros siglos, parece evidente que en una época muy temprana, los discípulos empezaron a usar el día primero de la semana como un día especial de reunión y devoción. Esta fue una práctica ampliamente aceptada, de manera que al final de las persecuciones en el siglo cuarto, Constantino declaró el Domingo como un día santo, para el beneficio de los Cristianos. Desde ese tiempo, el primer día de la semana ha sido un día dedicado a adorar en los países Cristianos. Nosotros también lo aceptamos, hasta el punto de declararlo el único día en que uno puede dar dinero o tomar la comunión aceptablemente. Las reuniones del Domingo vinieron a ser más necesarias que las de entre semana. Muchos hicieron del Domingo una especie de Sábado, prohibiendo cualquier tipo de trabajo o recreación en ese día. Ha tenido tal aceptación como día especial, que pocos de entre nosotros osaríamos cuestionar el que sea un día claramente definido y estipulado en las escrituras. Cuando el asunto del Domingo es cuestionado, ¿Qué evidencias se ofrecen en su favor? Jesús resucitó en el primer día de la semana, y también que la iglesia dio principio en el día primero de la semana. Es interesante, pero no es una prueba, y ningún escritor inspirado da estos hechos como razones para enfatizar el primer día de la semana. Bueno, los discípulos se reunieron para partir el pan en Troas durante el primer día de la semana (Hech. 20:7). Anteriormente vimos este punto en el Capítulo dos. Esto no indica que se les ordenó que lo hicieran, o que lo hayan hecho antes, o que en el futuro se hayan seguido reuniendo. Lo único que Hechos 20:7 prueba sobre el tema, es que es permitido reunirse en Domingo. Entonces también está 1 Cor. 16:2 Que el primer día de la semana, cada uno de vosotros aparte y guarde según haya prosperado, para que cuando yo vaya no se recojan entonces ofrendas. Este texto no menciona en lo absoluto alguna reunión, solamente habla de una acción individual. Parece que Pablo escogió el día primero de la semana para ofrendar porque es cuando se reunían, sin embargo, tal cosa no se menciona. Es igualmente razonable concluir que tal día fue seleccionado porque las gentes recibían sus salarios al final de la semana, y por eso se les pidió que sistemáticamente pusieran algo aparte en sus hogares en tal día. Estos son los únicos dos pasajes que mencionan el primer día en conexión con alguna actividad de los discípulos. Nada hay que identifique el día (Heb. 10:25) y el día del Señor (Ap. 1:10) como el día primero de la semana. Realmente, si el Señor tuviera la intención de hacer del primero de la semana un día especial para la adoración, ¿no cree usted que Él nos lo hubiera dicho? Él no hubiera encubierto en una inferencia vaga tan vital mandamiento de manera que solo los doctores de la ley lo pudieran encontrar. Nuestra gente ha condenado a otros por observar días especiales como Navidad y la Pascua, siendo nosotros mismos sin pensarlo los que juzgamos que un día es superior a otro (Rom. 14:5). El acercarnos a Dios en adoración y servicio no es limitado a ni en este monte ni en Jerusalén (Jn. 4:21), ni a ciertos días. En verdad el reconocimiento tradicional por parte de los gobiernos de países Occidentales, de tal día para adorar, ha sido de gran bendición para quienes servimos a Cristo. ¿Por qué defendemos el primer día de la semana? Es parte de nuestra tendencia a delinear decretos para luego cumplirlos. Esto es parte del legalismo. Cuando determinamos el propósito de nuestras reuniones entonces nos damos cuenta que tal propósito también se puede llenar en cualquier día de la semana. No nos reunimos solo porque es el primer día y se nos ha mandado hacerlo así; nos reunimos para llenar los propósitos que se deben alcanzar en las reuniones. Como doctores de la ley, hemos interpretado los escritos como un sistema legal; hemos sido inconsistentes en nuestra aplicación de nuestros principios de interpretación, y hemos defendido nuestras prácticas tradicionales con instrucciones religiosas. Esta práctica abarca mucho más que los pocos ejemplos en esta lección. Hay mucha más flexibilidad y adaptabilidad, y muchas menos formas que las que podemos reconocer y aceptar quienes hemos sido condicionados por el legalismo. Pero esta concientización y esta aceptación es parte de la felicidad que nos trae el ser libres en Cristo. Cuando vemos en las Escrituras un código de leyes, y tratamos de interpretarlas de tal manera, nos convertimos en abogados. Luego nos tornamos jueces de quienes no aceptan nuestras interpretaciones. Al hacer tal cosa nos privamos del verdadero espíritu del mensaje.
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