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Libere En Cristo

Índice

    Prefacio Del Autor

  1. Los Asuntos Que Nos Ocupan
  2. Ley Y Principios
  3. ¿Que Es La Ley De Cristo?
  4. ¿Por Qué Es El Amor El Mandamiento Más Grande?
  5. Algo Más Grande Que La Ley
  6. Doctores De La Ley
  7. El Ejercicio De La Libertad Cristiana
  8. Evangelio Y Doctrina
  9. Nuestro Credo
  10. Falsos Maestros
  11. ¿Por Qué Denominarnos?
  12. Libres De Sectarismo
  13. Bautismo Sectario
  14. Religión En Forma De Pastel
  15. Adoración Por Demanda
  16. Libre Expresión: Nuestra Respuesta A La Gracia
  17. Reduciendo La Taza De Mortalidad
  18. Salvación En Diferentes Épocas
  19. Identidad De La Iglesia
  20. ¡Esta Lección me asusta!
  21. Sirvientes Que Se Convirtieron En Amos
  22. Flexibilidad En Organización
  23. Autónoma O Episcopal
  24. El Riachuelo Libre
  25. Lo Que Dios Requiere

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Capítulo 25


LO QUE DIOS REQUIERE


Hay estudios bíblicos y discusiones interminables en un esfuerzo sincero por aprender lo que Dios requiere de nosotros. Con frecuencia personas buenas se desaniman por lo que ellos piensan es una carga complicada que Dios ha puesto sobre ellos. Las demandas de Dios parecen tan complicadas y vagas que las sombras de la duda y la inseguridad cubren a muchos discípulos devotos, ya que éstos sienten que tal vez no estén entendiendo lo que Dios requiere de ellos. Se sienten atrapados por la voluntad tan intrincada de su Padre.

Es porque yo nací y crecí dentro del legalismo, que yo compartí estos sentimientos por muchos años. Ahora, estoy empezando a entender que somos nosotros, no el Señor, quienes hemos hecho sus requerimientos complicados. Como los fariseos complicaban la ley de Moisés y erraban en cuanto a sus propósitos, así nosotros hemos tratado de definir detalles a través de los cuales pensamos que obtendremos nuestra rectitud y hemos hecho de los rituales sagrados el centro de nuestra religión. Con tal trasfondo, ha sido difícil para mí el comprender que “mi yugo es fácil y ligera mi carga” que “sus mandamientos no son gravosos/pesados”, y que Dios nos puede aceptar a pesar de nuestra falta de conformidad.

La ley perpetua de Dios no es un sistema complicado. Desde Caín y Abel hasta nosotros, la ley de Dios siempre ha sido: amar/respetar a Dios, y amar/respetar al prójimo. En varias épocas y circunstancias Dios ha dado estatutos, leyes, ordenanzas, y regulaciones para guiar a los impíos a practicar su ley universal. Estas estipulaciones fueron dadas porque el hombre no hizo caso de la ley escrita en su corazón; así “...la ley no ha sido instituida para el justo, sino para los transgresores y rebeldes, para los impíos y pecadores...” (1 Tim. 1:9). Pero el hombre en cualquier parte siempre ha tenido ésta ley perpetua en su conciencia como guía.

El homicidio, robo, codicia, adulterio y la idolatría, no son malos porque son parte de los diez mandamientos o por la prohibición de éstas cosas por Jesús. Siempre han sido y siempre serán malas. Están incluidas en los diez mandamientos y en las enseñanzas de Jesús porque ya eran malas de antemano, ya que envolvían la violación de la ley de amor a Dios y al prójimo.

Cuando Dios ha dado ordenanzas, reglamentos y rituales para guiar al desenfrenado, la tendencia del hombre ha sido buscar la justificación en guardar cada jota y cada tilde de los requerimientos y rituales en lugar de ser guiados a expresar el amor. Esto causó que Jesús denunciara a los fariseos en Mateo 23. Las advertencias dadas a éstos deberían servir de advertencias para nosotros también.

Miqueas trató de hacer volver a su pueblo hacia la senda sencilla con éste resumen de los requisitos universales de Dios: “Él te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno. ¿Y qué es lo que demanda el Señor de ti, sino sólo el practicar la justicia, amar la misericordia, y andar humildemente con tu Dios?” (Miq. 6:8). Todas las demás ordenanzas y reglamentos eran solo una elaboración de éste resumen de toda la ley.

El testamento de Jesús era nuevo, pero su ley no lo era. Él repitió y enfatizó los requisitos de Dios de amar a Dios y al prójimo. Él concluyó diciendo “De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas” (Mat. 22:40). ¡Estos eran la encarnación de todos los mensajes de Dios hacia el hombre!

Jesús además resumió toda ley moral en la Regla de Oro, “esta es la ley y los profetas” (Mat. 7:12). Pablo nos asegura que toda la ley se resume y se cumple en una palabra –amor (Rom. 13:8-10; Gal. 5:14).

La voluntad de Dios es que el amor gobierne nuestra conducta. Jesús advirtió, “No todo el que me dice: ‘Señor, Señor’, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mat. 7:21). Luego Él declaró que tales cosas como instrucciones religiosas, actividades religiosas sensacionales, y obras poderosas cristianas no eran necesariamente hacer Su voluntad. Estas cosas pueden ser hechas sin amor.

Caín sabía que él había pecado porque él sabía lo que abarcaba toda la ley con relación a Dios y al prójimo. Miqueas y Jesús, en épocas posteriores, nos dieron similares descripciones de lo que es la ley en resumen.

¿Son estos resúmenes de la ley peligrosos porque no incluyen rituales? No pensaremos que el Espíritu Santo se haya equivocado. No hay valor sacramental en los rituales. El valor impartido por los rituales al discípulo es la fortaleza que adquiere del aprendizaje y el ejercicio espiritual. El hombre no es justificado por los rituales, ni son éstos medida de su rectitud. Son de valor a medida que fortalecen al discípulo para cumplir con la perpetua ley del amor hacia Dios y hacia el prójimo. No son lo que Dios requiere de nosotros, sino que son los medios para un fin, esto es, ayudarnos a hacer su voluntad eterna que es el amor.

Piense en todos los requisitos minuciosos que hemos definido en cuanto a la Cena del Señor, por ejemplo, para no perderse del valor sacramental o para no desagradar a un Dios exigente. En el proceso hemos enajenado a la gente, prohibiéndoles participar de la comunión. ¡Errando por completo en cuanto a lo que Dios requiere!

¿Qué es lo que Dios requiere? Comúnmente usamos la emocionante historia de la conversión del Etíope eunuco para ilustrar la sencillez del proceso de convertirse en discípulo. Ahora, usemos esa historia para ilustrar la sencillez de lo que es guardar los requerimientos de Dios como discípulos.


El etíope convertido

La conversión del eunuco es una historia muy bonita, pero ¿ha pensado usted, acerca del capítulo final no escrito de ésta historia? La última vez que vemos a éste recién convertido es cuando se dirige hacia Etiopía gozoso en su nueva fe. Pero allá él se encontrará solo en su fe en Jesús. No hay una iglesia con la cual reunirse ya que el evangelio aún no ha sido predicado a los gentiles. Así que él tendrá que “dejar de congregarse” antes de que se pueda congregar por primera vez. El no puede ir a adorar porque no hay servicios de adoración de la iglesia. El no podrá ser instruido y edificado porque no hay otro discípulo en el país entero con el cual se junte.

Felipe solamente le había predicado/evangelizado de Jesús. No le instruyó en la doctrina de los apóstoles. Hay una diferencia significativa entre predicar y enseñar/instruir. Un curso de instrucción no era un pre-requisito para la conversión, y no hay ejemplo alguno de que ese tipo de adoctrinamiento haya ocurrido en el proceso de convertir a nadie. Así que, aquí tenemos a un discípulo solitario quien ni siquiera sabe “los cinco actos de culto”, la naturaleza y el trabajo de la iglesia, y todas las supuestas reglas y regulaciones relacionadas con ser un Cristiano. De hecho, él ni siquiera sabe qué es un Cristiano porque aún nadie había usado tal designación en esos tiempos. Este pobre tesorero tampoco tiene una copia de las escrituras del Nuevo Testamento, porque aún no existía. Él tiene una copia de Isaías y tal vez otras escrituras del Antiguo Testamento. Él tiene las enseñanzas de la ley y los profetas escritas en su corazón lo cual ha sustentado su fe como un Judío activo en Etiopía.

Parecería que el Espíritu Santo usó falta de juicio al llamar a Felipe de una campaña exitosa en Samaria donde se hallaba ocupado, hacia un camino de Gaza solo para hacer un converso neófito y luego dejarlo ir inmediatamente al desierto espiritual de Etiopía para que luego se secara y muriera. ¡Qué desperdicio de esfuerzos! El Espíritu arrebató a Felipe cuando ambos salieron del agua y ya no hubo más comunicación. El eunuco se quedó mojado a orillas del río. ¡Qué falta de misericordia el que aquel hombre receptivo y lleno de gozo haya sido dejado a merced del desánimo y la perdición eterna!

Seguramente soy yo el que juzga erróneamente y no el Espíritu. El Espíritu sabía lo que hacía, y no estaba obrando bajo todas mis malentendidas fallas de interpretación acumuladas.


El discípulo etíope

¿Qué requerirá Dios de aquel noble santo en su patria remota? Él querrá que continúe creyendo en Jesús y que crezca en la fe. Sus escrituras del Antiguo Testamento le servirán para ese propósito, de la misma forma que le servían a otros discípulos en aquel entonces y también hoy en día. Su copia de Isaías tendrá un significado nuevo y fortaleciente cada vez que la lea. Ahora él verá un cuadro de su Salvador cuando medite en los rituales de la ley. Pero ¿Qué de la asistencia a los servicios de adoración? La participación en las asambleas no es un requisito para la justificación, sino que es con el propósito de la edificación. Todos deben estar envueltos en actividades de fortalecimiento. Pero las asambleas no son el único medio de mantener la fe fuerte. Muchos discípulos mantienen la fe fuerte aunque no hayan podido asistir a las reuniones por muchos años. El eunuco mantuvo su fe en Dios lo suficientemente fuerte sin algo como “actos de adoración” en las reuniones que le motivaran a regresar a Jerusalén para la adoración judía. Él había ganado fortaleza de las escrituras a su alcance. ¿No podrían serle útiles a aquel discípulo de igual manera?

¿Cómo sabrá este hermano abandonado qué hacer para servir a Dios? Él puede recordar que sus escrituras le dicen que continúe amando a Dios y a su prójimo. Eso es lo que Jesús enfatizaría. Hasta allí no hay nada nuevo. Siendo un Judío devoto, el de seguro recordará, “El te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno. ¿Y qué es lo que demanda el Señor de ti, sino sólo practicar la justicia, amar la misericordia, y andar humildemente con tu Dios?” (Miq. 6:8). Jesús le pediría que siguiera la Regla de Oro, “esto es la ley y los profetas”. Santiago le diría, “La religión pura y sin mácula delante de nuestro Dios y Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, y guardarse sin mancha del mundo” (Sant. 1:27). Jesús y Santiago solamente estarían enfatizando la ley universal de Dios, que la ley y los profetas trataban de promover. Dios todavía espera lo mismo de parte del hombre. Una persona no necesita tener las escrituras del Nuevo Testamento para saber cual es la voluntad de Dios para vivir una vida santa. Los hombres llenos del Espíritu se esmeraron en las epístolas escribiendo acerca de estos mismos requerimientos, dando aplicaciones prácticas para varios pueblos, culturas y circunstancias. El tesorero podía continuar siendo un discípulo devoto, de la misma manera que él era anteriormente un Judío devoto.

Demasiados de entre nosotros hemos considerado las reuniones y sus rituales como el mayor requisito de parte de Dios y como demostración evidente de nuestra justicia. Pero ¡cuán equivocados hemos estado! Estas reuniones y rituales son importantes solo porque fortalecen nuestra fe y nos animan a vivir la clase de vida diaria descrita en el párrafo anterior. El buscar minuciosamente como llevar a cabo rituales aceptables y el revisar gráficas de la frecuencia con que las practicamos, tienen muy poca conexión con lo que Dios requiere de nosotros. El eunuco ya no va a adorar como lo hizo anteriormente en su largo viaje a Jerusalén, sino que ahora su vida diaria será un sacrificio/ofrenda/adoración viva.

“Pero continuará en sus rituales judíos” tal vez diga usted. ¿Qué tiene de malo? Los discípulos de Judea junto con Pablo así lo hicieron (Hech. 15; 18:18; 21:17-26). No hay conflicto, ya que ellos no practicaban los rituales Judíos ni los rituales Cristianos con el fin de ser justificados.

Idealmente el tesorero tendrá influencia sobre su familia y sus amigos para que ellos acepten a Cristo. Luego en su discipulado común, ellos llevarán a cabo actividades que fortalezcan su fe y que les ayuden a cumplir con las leyes perpetuas de Dios en sus vidas. Las escrituras del Nuevo Testamento que son una bendición especial para nosotros, no serán necesarias para que ellos invoquen el nombre de Dios en Cristo. No verán sus actividades como algo con valor sacramental o meritorio y no verán algún patrón de uniformidad como sagrado. Cada uno de ellos servirá en su relación individual con Dios. Colectivamente, ellos serán la iglesia de Cristo, libre de todas nuestras concepciones teológicas y de concepciones erróneas de la misma iglesia.

Todo esto parece demasiado simple para ser verdad, sin embargo, no voy a acusar al Espíritu de mal juicio solo porque yo he estado confundido. Ningún esfuerzo se malgastó en convertir al Secretario de la Tesorería de Etiopía. Si la forma en que obró el Espíritu en el hombre noble de Etiopía fue suficiente, de seguro también será suficiente para usted y para mí.

Al ser libres en Cristo, al igual que el eunuco, sigamos gozosos nuestro camino.