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Libere En Cristo

Índice

    Prefacio Del Autor

  1. Los Asuntos Que Nos Ocupan
  2. Ley Y Principios
  3. ¿Que Es La Ley De Cristo?
  4. ¿Por Qué Es El Amor El Mandamiento Más Grande?
  5. Algo Más Grande Que La Ley
  6. Doctores De La Ley
  7. El Ejercicio De La Libertad Cristiana
  8. Evangelio Y Doctrina
  9. Nuestro Credo
  10. Falsos Maestros
  11. ¿Por Qué Denominarnos?
  12. Libres De Sectarismo
  13. Bautismo Sectario
  14. Religión En Forma De Pastel
  15. Adoración Por Demanda
  16. Libre Expresión: Nuestra Respuesta A La Gracia
  17. Reduciendo La Taza De Mortalidad
  18. Salvación En Diferentes Épocas
  19. Identidad De La Iglesia
  20. ¡Esta Lección me asusta!
  21. Sirvientes Que Se Convirtieron En Amos
  22. Flexibilidad En Organización
  23. Autónoma O Episcopal
  24. El Riachuelo Libre
  25. Lo Que Dios Requiere

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Capítulo 18

SALVACIÓN EN DIFERENTES ÉPOCAS

Esta lección será diferente de las que enseñé por muchos años concerniente a “las tres dispensaciones”.  Tales esfuerzos cubrían algunos puntos válidos pero no alcanzaban las conclusiones más correctas y completas.  En este estudio no pretendo alcanzar la verdad culminante, pero espero que usted explore junto conmigo.

Cuando el pecado entró al mundo y la muerte vino por el pecado, Dios tuvo en sus designios el salvar al hombre del pecado y la muerte.  A través de épocas diferentes, Dios ha salvado al hombre usando diferentes medios y requisitos que están relacionados entre sí.  Ofrecemos este simple diagrama como ilustración al proceder con este breve estudio.

Comenzamos con una línea que representa las razas de la humanidad – las naciones.  Gentiles significa naciones, pero, puesto que Gentiles es usado comúnmente en contraste con los que eran de Israel, usaremos el término más general, naciones en este discurso.

A través de ésta línea de las naciones, Dios se ha comunicado con la humanidad en todo el curso de la historia.  En la historia del Antiguo Testamento, a las naciones no se les ofreció el cielo, ni se les prometió salvación personal.  No había un mensaje evangélico con un plan de salvación o un sistema de ley.  La idea de la inmortalidad era muy oscura.

En el curso de la historia, Dios se comunicó con individuos no Israelitas tales como Adán, Caín, Balaam, Belsasar, Nabucodonosor, los Magos y Cornelio.  Mensajes fueron enviados a Nínive, Egipto, Babilonia, Asiria, Tiro y Sidón.

Individuos de entre las naciones adoraban a Dios tales como: Caín, Abel, Enoc, Noé, Abraham, Melquisedec, Jetro y Job, hasta los Magos y Cornelio.  La función de las mujeres y niños en la religión es vaga a través de ésta línea de las naciones.

Esta línea en que Dios trata con las naciones ha continuado desde Adán hasta el presente, y solo terminará cuando Jesús regrese.

En cierto punto Dios llamó a Abraham de entre las naciones para crear una nación separada.  Él hizo un acuerdo con Abraham basado en promesas tanto materiales como espirituales y selló el acuerdo o pacto con la circuncisión, una marca para distinguirlos de las naciones (Gen. 17:9-14).

Luego que la familia de Abraham se multiplicó y se convirtió en Israel, Dios hizo un pacto con Israel basado en los Diez Mandamientos (Deut. 4:11-14).  Enseguida la Ley de Moisés fue dada para guiar la vida personal y la adoración del pueblo bajo el pacto.  Esta ley no les fue dada para salvarlos – no podía salvar- tampoco era el pacto (testamento). No contenía un plan de salvación ni un mensaje misionero o evangélico, ni alguna promesa del cielo para el pueblo que estaba bajo el pacto.  Las mujeres y los niños casi no tenían parte en ella.  Esta ley fue dada a la gente que estaba bajo el pacto no a las otras naciones.  Aunque la ley podía producir pecado y no salvación Cristo redimió a los que estaban bajo la ley (Gal. 4:4-5).  Así que la salvación de ellos fue por gracia y no por la ley.  Con la muerte de Jesús esa línea que separaba a los Israelitas dejó de existir. Desde entonces no hay más la diferencia que había a causa del testamento y de la ley.  Ahora todos estamos en la misma línea original de las naciones de la humanidad.

Esta separación de la línea Israelí y la línea de las naciones no había disminuido el interés de Dios en todos los hombres, ni reducido la responsabilidad de los individuos de las naciones.  Dios esperaba justicia de todos ellos, y todavía requiere rectitud de todo hombre.  Pero ellos no tenían un sistema de ley o adoración revelado. ¿Cómo pues podían ser contados como pecadores ya que “pecado es transgresión de la ley” (1 Jn. 3:4) y “donde no hay ley, tampoco hay transgresión” (Rom. 4:15)?.

Ellos tenían obligaciones hacia la ley no escrita.  No tenían un código de leyes; pero existen dos leyes perpetuas: amar a Dios y amar al prójimo.  A las personas que nunca oyeron acerca de Moisés o de Cristo, de cualquier manera, siempre se les ha requerido tener estas dos leyes en sus corazones.  En Romanos 2:14-27 Pablo dice de los Gentiles (naciones) que son una ley para sí mismos, teniendo la ley escrita en sus corazones. Pablo acusó a las naciones por no responder en amor cuando dice que aunque conocía a Dios a través de la naturaleza, no le glorificaron, ni le dieron gracias, y luego enumera los pecados que ellos cometieron entre sí (Rom. 1:20-32).  Ellos debieron haber discernido que “la bondad de Dios nos guía al arrepentimiento” (Rom. 2:4).  De la manera que sucedió con Nínive “Dios pasó por alto los tiempos de ignorancia, pero ahora manda a todos que se arrepientan” (Hech. 17:30).  Pero no a todos les ha sido mandado, porque hay individuos que no han oído el mandato, por lo tanto, aún están en “tiempos de ignorancia”.

Ciertos hombres de las naciones no eran pecadores por no guardar la ley de Moisés, pero estaban perdidos por violar la ley que debería estar escrita en sus corazones.  De la misma manera, aquella persona que no ha sido evangelizada en nuestros días, no está perdida por no haber sido bautizada o porque no toma la Cena del Señor, sino por violar la ley del amor hacia Dios y hacia el prójimo.  Si alguien no era de las personas bajo pacto, no estaba bajo la ley de Moisés.  Si uno no ha contraído una relación testamentaria con Dios a través de Cristo hoy en día, no está bajo las instrucciones dadas a quienes han entrado en tal testamento.  Tal persona es pecadora por haber violado la ley no escrita del amor hacia Dios y hacia el prójimo.

¿Qué no están todas las gentes bajo el testamento de Cristo hoy en día?  ¿Qué no fue ratificado en la cruz?  Una relación testamentaria fue hecha posible cuando Cristo murió, pero yo aún no había nacido en ese tiempo para entrar en un pacto con Dios.  Yo hice mi pacto con Dios en 1933, habiendo sido separado para estar en la línea de personas bajo pacto.  Fue hasta entonces que las instrucciones que guían a la gente bajo pacto se convirtieron en mi guía. Antes de sellar mi pacto con el bautismo y que Él me diera el sello del Espíritu, yo no estaba bajo el testamento de la gracia y no era juzgado ni justificado de la misma manera que los que ya estaban dentro del pacto.  Yo no estaba perdido por no obedecer el evangelio, sino porque yo era pecador y no podía salvarme a mí mismo.  Una persona no se ahoga porque rehusa usar el salvavidas que se le ofrece, sino porque se encuentra en el agua y no puede nadar hacia fuera.

Aquéllos que “no obedecen al evangelio” (2 Ts. 1:7-9) no están perdidos por violar las enseñanzas de Jesucristo, sino porque son pecadores y rechazan el único medio de salvación.  El evangelio significa buenas noticias.  Es la invitación de Dios a entrar en un pacto a través de Cristo.  Uno no es condenado por tal pacto sino salvo.  El que no cree en el evangelio será condenado (Mar. 16:16) porque ya está perdido y rechaza la salvación que le es ofrecida.

Ni el evangelio, ni los mandamientos, exhortaciones, advertencias y enseñanzas dadas con el fin de regular la vida de los discípulos fueron la causa de que yo haya sido pecador.  Las naciones y yo éramos “extraños a los pactos de la promesa, sin tener esperanza, y sin Dios en el mundo” (Ef. 2:12), pero tanto ellos como yo nos convertimos en “miembros del mismo cuerpo, participando igualmente de la promesa en Cristo Jesús mediante el evangelio” (Ef. 3:6).  Esto también es verdad para todos los que se han convertido en discípulos.

¿Podía un Gentil ser salvo antes de que Cristo viniera?  No.  Tampoco el Judío que guardaba la ley.  Sin embargo, acerca de las naciones Pablo escribió: “el cual pagará a cada uno conforme a sus obras: a los que por la perseverancia en hacer el bien buscan gloria, honor e inmortalidad: vida eterna … pero gloria y honor y paz para todo el que hace lo bueno, al judío primeramente, y también al griego.  Porque en Dios no hay acepción de personas” (Rom. 2:6,7,10,11).  “Por tanto, si el incircunciso cumple los requisitos de la ley, ¿no se considerará su incircuncisión como circuncisión?” (Rom. 2:26). Aunque no se afirma en Romanos 2 que los Gentiles serán salvos, sí es algo fuertemente implicado por Pablo.  ¿Cómo pueden ser salvos si vivieron ajenos a la promesa?  Pueden ser salvos por la misma gracia que salva al Judío que tampoco tenía promesa de salvación bajo la ley.  Si Dios envió a su hijo “para redimir a los que estaban bajo la ley” quienes la guardaban imperfectamente, ¿acaso no podemos esperar la misma gracia hacia los que tenían la ley escrita en sus corazones pero la guardaron imperfectamente?  Y si tal gracia prevaleció en el pasado, ¿Acaso no podemos esperar que también prevalezca en el futuro?  Esa es la única esperanza que cualquiera de nosotros tiene.

Ninguna persona será salva aparte del sacrificio de Cristo Jesús.  Aun así el Judío que guardó la ley imperfectamente, y el Gentil que guardó imperfectamente la ley escrita en su corazón, obtuvieron los beneficios de la redención, sin haber tenido conocimiento personal y aceptación de Jesús, o una relación personal con él.  La misericordia de Dios no pudo haber demandado lo imposible de parte de ellos.  Hay consuelo en creer que Dios continúa sin demandar lo imposible.